viernes, 6 de abril de 2012

LA COMPRA DE LA REPÚBLICA

Tomado de el libro “GOG” de Giovanni Pappini (Ed. Plaza & Janés 1965) pp. 149/151

“LA COMPRA DE LA REPÚBLICA

Nueva York, 22 marzo

Este mes he comprado una república. Capricho costoso y que no tendrá imitadores. Era un deseo que tenía hace mucho tiempo y he querido liberarme de él. Me imaginaba que ser el dueño de un país daba más gusto.

La ocasión era buena y el asunto quedó arreglado en pocos días. El presidente tenía el agua hasta el cuello; su ministerio, compuesto de clientes suyos, era un peligro. Las cajas de la República estaban vacías; crear nuevos impuestos hubiera sido la señal de derrumbamiento de todo el clan que se hallaba en el poder, tal vez una revolución. Había un general que armaba bandas de regulares y prometía cargos y empleos al primero que llegaba.

Un agente americano que se hallaba en el lugar me avisó. El ministro de Hacienda corrió a Nueva Yor; en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República, y además asigné al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios unos emolumentos dobles de aquellos que recibías del Estado. Me han dado en garantía –sin que el pueblo lo sepa- las aduenas y los monopolios. Además del presidente y los ministros han firmado un covenant secreto que me concede prácticamente el control sobre la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el dueño casi absoluto del país. En estos días he tenido que dar una subvención, bastante crecida, para la renovación del material del ejército, y me han asegurado, en cambio, nuevos privilegios.

El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las Cámaras continúan legislando, en apariencia libremente, los ciudadanos continúan imaginándose que la República es autónoma e independiente y que su voluntad depende del curso de las cosas. No saben que cuanto se imaginan poseer –vida, bienes, derechos civiles- dependen en última instancia de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí.

Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, unas reformas a la Constitución, el aumento de tarifas de aduanas, la expulsión de los inmigrados. Podría, si me plugiese, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar así al Gobierno, obligar al país que tenga bajo mi mano a declarar la guerra a una de las repúblicas colindantes.

Esta potencia oculta e ilimitada me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir todos los fastidios y la servidumbre de la comedia política es una fajtiga bestial; pero ser el turiferario que detrás del telón puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a su movimiento, es una voluptuosidad única. Mi desprecio de los hombres encuentra un sabroso alimento y mil confirmaciones.

Yo no soy más que el rey incógnito de una pequeña República en desorden, pero la facilidad con que he conseguido dominarla y el evidente interés de todos los iniciados en conservar el secreto, me hace pensar que otra naciones, y tal vez más vastas e importantes que mi República, viven, sin darse cuenta, bajo una dependencia análoga de soberanos extranjeros. Siendo necesario más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño, como en mi caso, de un trust, de un sindicato de negocios, de un grupo restringido de capitalistas o de banqueros.

Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus hombres de confianza, que continúan recitando con naturalidad el papel de jefes legítimos.”

TENGO UNA LIGERA SENSACIÓN DE HABER VISTO ESTO EN ALGUNA REALIDAD CONTEMPORÁNEA.

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