CUENTO POLICIAL
[Cuento. Texto completo.]
Marco Denevi
Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó sin haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.
FIN
miércoles, 28 de agosto de 2013
domingo, 18 de agosto de 2013
¿JUSTICIA?
Un caso verdadero de Sherlock Holmes
Ramiro Díez
Sucedió en Escocia. Al entrar a casa una criada encontró horrorizada que alguien había volcado la maceta de flores sobre la alfombra. Su horror se justificó cuando vio, a pocos metros, a su patrona en el suelo, sin vida y con la cabeza aplastada a golpes.
La policía descubrió que faltaba entre las joyas de la víctima un broche de diamantes. Al buscar sospechosos, las miradas se centraron en Oscar Slater, un personaje del barrio.
Slater era mal mirado por los escoceses por ser alemán. Los alemanes lo despreciaban por judío. Y los judíos lo odiaban por ser sospechoso de simpatizar con los comunistas. Para completar, el hombre vivía a ratos amancebado con su novia, lo que ofendía a las buenas almas. El inspector de policía anotó: “Alemán, judío, comunista y libertino: una escoria humana”. Y ordenó su captura.
Pero Slater ya estaba a bordo de un barco, con su novia, hacia los EE.UU., lo cual aumentó las sospechas. Se pidió la extradición para cuando pisara territorio norteamericano, que fue negada, y al enterarse, Slater decidió regresar en forma voluntaria. Al hacerlo, tuvo más de una sorpresa: unas jovencitas declararon verlo salir de la casa de la víctima. Se le acusó de vender una boleta de empeño de un broche de diamantes y el viajar a los EE.UU. se consideró una fuga.
Slater demostró que estaba lejos del lugar, cuando sucedió el hecho, que la boleta de empeño había sido vendida cuatro días antes del crimen, que correspondía a otra joya, y que la reservación de su viaje había sido realizada un mes antes de la misma fecha. No importó. De la noche a la mañana Slater fue condenado a muerte.
Fue tal la farsa de aquel proceso, que la opinión pública se movilizó y se detuvo la aplicación de la pena cuando solo faltaban unas horas, y se le conmutó por cadena perpetua.
Casi 20 años más tarde, Arthur Conan Doyle, autor de Sherlock Holmes, decidió investigar el caso y obligó a reabrirlo. Llamó a las testigos: ambas confesaron sobornos de la policía para mentir en contra de Slater, igual que otros testigos falsos que recibieron amenazas.
Tras 20 años Slater fue indultado y dejado en libertad. Simplemente le abrieron la celda y le dijeron que se fuera a la calle. Nunca fue indemnizado. Nunca recibió una nota de disculpas. Al fin y al cabo, por alemán, judío y cuasicomunista, era una escoria humana, según el virtuoso policía y el juez del caso.
Los peores crímenes, sin duda, son los que se cometen en nombre de la justicia. Por lo pronto, la vida está llena de historias similares.
Ramiro Díez
Sucedió en Escocia. Al entrar a casa una criada encontró horrorizada que alguien había volcado la maceta de flores sobre la alfombra. Su horror se justificó cuando vio, a pocos metros, a su patrona en el suelo, sin vida y con la cabeza aplastada a golpes.
La policía descubrió que faltaba entre las joyas de la víctima un broche de diamantes. Al buscar sospechosos, las miradas se centraron en Oscar Slater, un personaje del barrio.
Slater era mal mirado por los escoceses por ser alemán. Los alemanes lo despreciaban por judío. Y los judíos lo odiaban por ser sospechoso de simpatizar con los comunistas. Para completar, el hombre vivía a ratos amancebado con su novia, lo que ofendía a las buenas almas. El inspector de policía anotó: “Alemán, judío, comunista y libertino: una escoria humana”. Y ordenó su captura.
Pero Slater ya estaba a bordo de un barco, con su novia, hacia los EE.UU., lo cual aumentó las sospechas. Se pidió la extradición para cuando pisara territorio norteamericano, que fue negada, y al enterarse, Slater decidió regresar en forma voluntaria. Al hacerlo, tuvo más de una sorpresa: unas jovencitas declararon verlo salir de la casa de la víctima. Se le acusó de vender una boleta de empeño de un broche de diamantes y el viajar a los EE.UU. se consideró una fuga.
Slater demostró que estaba lejos del lugar, cuando sucedió el hecho, que la boleta de empeño había sido vendida cuatro días antes del crimen, que correspondía a otra joya, y que la reservación de su viaje había sido realizada un mes antes de la misma fecha. No importó. De la noche a la mañana Slater fue condenado a muerte.
Fue tal la farsa de aquel proceso, que la opinión pública se movilizó y se detuvo la aplicación de la pena cuando solo faltaban unas horas, y se le conmutó por cadena perpetua.
Casi 20 años más tarde, Arthur Conan Doyle, autor de Sherlock Holmes, decidió investigar el caso y obligó a reabrirlo. Llamó a las testigos: ambas confesaron sobornos de la policía para mentir en contra de Slater, igual que otros testigos falsos que recibieron amenazas.
Tras 20 años Slater fue indultado y dejado en libertad. Simplemente le abrieron la celda y le dijeron que se fuera a la calle. Nunca fue indemnizado. Nunca recibió una nota de disculpas. Al fin y al cabo, por alemán, judío y cuasicomunista, era una escoria humana, según el virtuoso policía y el juez del caso.
Los peores crímenes, sin duda, son los que se cometen en nombre de la justicia. Por lo pronto, la vida está llena de historias similares.
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